Noche de lluvia (primera parte).

•marzo 16, 2008 • Dejar un comentario

snowy_street_by_asynja1La noche había alcanzado ya su plenitud, y las luces de la ciudad se reflejaban mortecinas bajo la colosal bóveda de oscuras nubes que cubría los cielos. La lluvia dibujaba figuras siniestras, resbalando juguetona sobre las fachadas de los edificios, y caía pesada sobre las viejas calles adoquinadas.

Malcolm aborrecía la lluvia, ya que eliminaba sonidos y difuminaba olores, trataba de evitarla siempre que podía, pero esa noche estaba hambriento. Buscaba una victima fácil, alguien sencillo de apresar, que se dejase matar sin oponer demasiada resistencia. Un indigente podría parecer un buen objetivo, pero la experiencia le había enseñado que éstos solían encontrarse ebrios la mayor parte del tiempo, y la sangre alcoholizada le repugnaba.

Asomó la cabeza para comprobar que nadie lo podía ver, olfateó el aire, arrugando la nariz con una mueca. No había nadie. Salió entonces de detrás del contenedor de basura, despacio, con cautela. Caminaba encorvado, con los brazos recogidos y las garras retraídas. Andaba un poco y se paraba, observaba y volvía a andar otro poco, siempre pegado a algo, rozando los muros de las angostas callejuelas, siempre alerta, siempre dispuesto a esconderse, como una rata.

Los faros de un coche lo deslumbraron al doblar la esquina. Y se agazapó tras unas cajas vacías que olían a pescado podrido. El auto se detuvo a media calle, en la acera opuesta, se trataba de un taxi. Esa podría ser su oportunidad. El viajero se apeó del vehículo, cerró la puerta, se alzó el cuello de la gabardina y echó a andar encogido bajo la lluvia. Era un hombre mayor, debía tener más de sesenta años. No obstante se le veía saludable, rechoncho y bien vestido.

El niño rata esperó impaciente a que el coche se hubiese marchado. Siguió observando al anciano, hasta que éste se metió en un portal. Debía actuar rápido, antes de que cerrase la puerta. Lo atacaría por detrás y le rompería el cuello. El viejo nunca se daría cuenta, iba a morir sin enterarse de nada, Malcolm era sigiloso como un gato y la muerte lo amaba.

Pero algo inesperado ocurrió entonces. Cuando ya estaba a punto de salir de su escondite, un relámpago iluminó el cielo y una silueta se dibujó en el suelo. Había alguien detrás suyo, alguien lo había sorprendido por la espalda. Se sobresaltó. Los nervios lo traicionaron al darse la vuelta tan súbitamente, y la pila de cajas tras la que estaba escondido se desmoronó estrellándose ruidosamente en el suelo mojado.

Por eso odiaba la lluvia. Nadie hubiese podido sorprenderlo en circunstancias normales, pero ahora, su olfato y su oído se veían diezmados.

Alzó la vista hacia el inoportuno visitante y se sorprendió al descubrir que se trataba de una niña. Si el corazón de Malcolm aún latiese, a esas alturas ya se habría colapsado.

Lo siento, no quería asustarte – Dijo la niña.

El niño rata la observó perplejo.

Estaba empapada, con los brazos cruzados y tiritando de frío. Llevaba un camisón blanco manchado de barro. Su oscuro cabello caía como una cascada, pegándose a sus mejillas, y enmarcando así un inocente rostro dominado por unos brillantes ojos azules.

La niña no pareció asustarse al ver a Malcolm, y éste se tranquilizó un poco. Era realmente extraño, los pocos que lo habían visto se alteraban de inmediato, los bebés lloraban, los perros le ladraban, y aunque hacía ya muchos años que no veía su imagen reflejada, se creía horrendo y siempre trataba de ocultarse de las miradas humanas.

Mi gato se ha escapado de casa y he salido a buscarlo – Dijo la niña – Pero me he perdido y tengo frío.

La posibilidad de salir corriendo fue la primera que asomó en la cabeza del pequeño vampiro. Pero la mirada de la niña era tan clara y sincera que detuvo sus instintos, y permaneció ante ella un instante más, esperando a que algo le dijera lo que debía hacer.

Ayúdame por favor – suplicó la pequeña.

Malcolm no tenía contacto humano desde hacía mucho tiempo, y nunca hablaba con nadie, aunque supiera hacerlo. Así que no estaba seguro de cómo debía actuar ante tal situación. Se acercó a la niña y la olfateó con detenimiento.

Por favor – dijo de nuevo con lágrimas en los ojos.

Él la miró un instante, y dio media vuelta haciendo ademán para que lo siguiera. La pequeña fue tras él, descalza, con los pies negros y el camisón empapado.

Este es un relato de ficción basado en un personaje de ficción creado por mí hace ya unos cuantos años. La segunda parte la publicaré en cuanto la haya escrito, que supongo será el próximo sábado.

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Los Portales.

•marzo 15, 2008 • 1 comentario

portal1

Cuentan que existen unos portales misteriosos por los que se abandona esta realidad y se entra en una distinta. Una realidad en la que cosas imposibles suceden, o por lo menos cosas extrañas y oscuras. Donde los miedos y las fantasías toman formas sorprendentes y se nos manifiestan de muy diversas maneras.

El portal en sí no lo vemos, pero lo que sí se puede notar es el cambio que se experimenta al cruzarlo.

Estos portales se pueden cruzar de dos formas:

La forma temporal es aquella en la que, cuando aún estando situados en el mismo lugar, algo cambia y entramos en él.

Y la forma espacial es aquella en la cual atravesamos el portal al mismo tiempo que entramos en una estancia, giramos una calle o nos adentramos en un bosque.

El factor temporal también tiene su papel en la forma espacial, ya que no siempre volvemos a cruzar el portal en el mismo lugar en distinto tiempo. Se trata pues de un factor circunstancial, que suele ser casual, aunque también inducido.

Se puede cruzar el umbral en cualquier sitio, pero hay una serie de características que suelen darse para que esto suceda.

Es posible experimentar el cambio estando solo o acompañado, incluso en grupos reducidos si el portal es muy fuerte. Lo que parece que sí debe darse es una sensación de soledad y aislamiento. Por ejemplo, podemos ir en un coche por una carretera, de noche, y darnos cuenta de que hace rato que no nos cruzamos con nadie. O podemos estar en un lugar solitario y sentir que todos los sonidos se apagan, menos aquello que llama nuestra atención. El caso es que por regla general, cuando entramos en esa otra realidad, nada ni nadie del otro lado hace intervención mientras dura la experiencia.

El miedo y la paranoia parecen jugar un papel crucial, manifestándose cuando las circunstancias anteriores se presentan. Eso nos pone alerta y hace que nuestra percepción se dispare.

El recuerdo de una experiencia anterior puede hacer que volvamos a cruzar el portal en el mismo sitio en el que lo hicimos en el pasado. Y se puede crear de este modo un portal permanente vinculado a un lugar. Aunque para ello pueda ser necesario que las circunstancias al cruzarlo sean semejantes.

Lo que allí encontramos varía enormemente. Puede que solo sintamos algo extraño, una presencia, una sensación de peligro, o un miedo irracional hacia un lugar en concreto. Puede que oigamos algo, un sonido cercano de algo que no podemos o no queremos ver. Unos pasos en la oscuridad, donde presuntamente no hay nadie, o unas voces de alguien que no está ahí. Pero también puede ser algo que veamos. Apariciones espirituales, fenómenos ovni, avistamientos de seres extraños, y un largo etcétera.

Nota: Esta es una hipótesis de la que he oido hablar, con la que me sentí identificado, y he tratado de desarrollar. No creo en ello, ya que no es en absoluto científico, pero admito que coincide con mis experiencias, y no explica nada mas que las sensaciones que uno pueda tener en esos momentos, en ningún momento trata de explicar el motivo o el funcionamiento de las mismas. La mayoría de las cosas aquí escritas son de invención propia, que no quiere decir que alguien no las haya pensado o escrito con anterioridad.

La Bola.

•marzo 8, 2008 • Dejar un comentario

dark_forest_by_mlappas1El dulce sol de la tarde bañaba las frescas laderas del lugar, pintándolas con un sinfín de tonos verdes y ocres. La hierba de los prados se mecía perezosa al son de la suave brisa primaveral, formando brillantes mareas que acariciaban el oído. Los insectos cantaban su amor con tesón, y las primeras flores del año se abrían a la vida con timidez.

Tras un viejo muro de piedra cruda esperaron escondidos los dos, a que los demás se hubiesen ido. Esa tarde no irían con el rebaño, tenían que escapar para vivir su propia suerte. Lo habían planeado durante semanas, y ahora se presentaba la ocasión de burlar a sus maestros y perderse en el bosque en busca de su destino.

Cuando el grupo hubo desaparecido de la vista, los dos niños salieron de su escondite con cautela. El plan marchaba sobre ruedas, eran libres de ir donde quisieran, nadie podría verlos, se habían quedado solos. Sus corazones latían ahora vigorosos, y la sangre corría alegre por sus venas. La aventura los esperaba con los brazos abiertos.

Abandonaron la seguridad de la granja y tomaron el camino hacia el norte. Caminaron joviales, hasta que se encontraron en el linde del bosque, cuando una sombra oscureció sus corazones. Se sintieron ahora por completo solos. Nadie sabía de su paradero, y nadie se hallaba cerca para encontrarlos. Tenían solo unos ocho o nueve años, y el viejo bosque se alzaba amenazador ante sus ojos. A partir de ahora si tenían hambre nadie les daría de comer, si se ponía a llover pasarían frío, si les ocurría algo malo nadie vendría en su ayuda. Pero a pesar de todo siguieron adelante, eso formaba parte de la aventura, y ellos lo sabían. Cruzaron entonces el humbral y se adentraron en el bosque por el sinuoso sendero.

Al cabo de poco caminar, se toparon con algo totalmente inesperado. Un grueso y largo palo de madera cortaba el paso. La improvisada barrera se apoyaba sobre las ramas de sendos árboles que cual centinelas se erguían silenciosos a ambos lados del camino. Se preguntaron porqué alguien dispondría allí tal instrumento, y qué sentido podría tener. Decidieron llevarse el palo, por razones que cayeron en el olvido, tal vez pensaran que podría servirles de alguna utilidad. Y entre los dos cargaron con él.

Siguieron adelante, pero no mucho tiempo pasó hasta que encontraron una pequeña cabaña a un lado del camino. Hecha de piedra, la casucha ofrecía un aspecto descuidado pero resistente. Debía llevar ahí mucho tiempo, y no se veían señales de actividad reciente. No salía humo de la chimenea, ni había luz alguna en su interior. Pero había alguien mirándolos a través del cristal de una ventana. Se sobrecogieron los dos al ver la cara del hombre que los observaba. Soltaron el palo y se quedaron ahí de pie, dudando entre saludar o esconderse. Pero el habitante del bosque salió de la cabaña y se dirigió a ellos con paso decidido. Estaba furioso.

El hombre tenía el rostro delgado y curtido por los años, y al igual que su casa, tenía un aspecto descuidado pero fuerte. Ordenó secamente a los niños que se sentaran en una roca, al otro lado del camino, y ellos obedecieron temerosos. No podían averiguar cual era la causa exacta de su enfado. Tal vez pensara que eran dos ladronzuelos que querían robar en su casa, tal vez fuera un huraño que odiaba las visitas, o tal vez fuera un loco que secuestraba niños perdidos en el bosque. Ya se esperaban lo peor.

El hombre se quedó de pie frente a ellos, y con los brazos en jarras y el ceño fruncido les dijo…

<<¿Acaso creéis que las cosas existen simplemente por que sí y sin ninguna razón para hacerlo?>>

Ambos se quedaron perplejos ante tal pregunta, ninguno supo contestar.

<<Las cosas siempre están en su sitio por alguna razón, y aunque no la sepamos siempre la hay. ¿Es que no sabéis eso?>>

Aunque no entendían exactamente lo que aquel hombre trataba de decirles, los dos asintieron dándole la razón. Y entonces el hombre habló claro, y les dijo que el palo que portaban lo había colocado él, y que servía para que la vaca de la granja, que andaba suelta, no entrase en el bosque. Entendiéndolo todo ahora, los dos niños se ofrecieron a devolver el objeto a su sitio y a colocarlo debidamente. Se despidieron del hombre de la cara seca y volvieron sobre sus pasos.

Una vez reconstruida la barrera discutieron sobre qué hacer a continuación. El sol había bajado y las sombras se alargaban a su alrededor. Las encinas y los robles los observaban curiosos, ¿Qué pensaban hacer? Si querían encontrar un sitio para pasar la noche debían apremiarse. Al final decidieron seguir por el mismo camino. Pasaron de nuevo por delante de la cabaña del hombre de la cara seca, y se estremecieron una vez mas al ver su inexpresivo rostro, observándolos en silencio detrás la oscura ventana de cristal. Su siniestra mirada nunca se borraría de su memoria.

Pasada la cabaña encontraron un pequeño gallinero, y se detuvieron para ver las gallinas. Los animales parecían ya adormecidos, y reposaban en silencio esperando la caída de la noche. Pero algo llamó la atención de uno de ellos. Había algo totalmente fuera de lugar en el suelo del gallinero, algo que los desconcertó por completo. El niño se agachó e introdujo la mano a través de la rejilla metálica, alcanzando así un diminuto cartel de plástico de color rosa. Pero mas desconcertante fue, aún si cabe, lo que había en él escrito.

Con una gruesa letra de color azul se podían leer las siguientes palabras…

<<VE CORRIENDO ADELANTE>>

El murmullo del bosque se apagó, los pájaros enmudecieron, los insectos callaron, y la brisa dejó de mecer las hojas de los árboles. Ninguno de los dos habló durante esos instantes en los que el único sonido fueron los latidos de sus propios corazones.

Uno de ellos recordó las palabras del hombre de la cara seca. Las cosas siempre están en su sitio por alguna razón, dijo. ¿Cuál era entonces la razón para que ese perturbador cartel de plástico que no medía mas que un dedo de la mano estuviera tirado en el suelo de aquél gallinero? Para el otro niño parecía estar claro, se trataba de una advertencia. El miedo llegó sin avisar, y ambos sonreían nerviosos para disimularlo, mientras discernían cuál debería ser su siguiente paso.

El mas sensato propuso hacer lo que rezaba el cartel, y empezar a correr de inmediato. Pero el otro, muy orgulloso, sintió la necesidad de desafiar sus temores y desoír por completo la advertencia. No se contentó con seguir su camino simplemente andando, sino que comenzó a andar de espaldas. Quiso demostrar que no tenía miedo, quiso desafiar lo absurdo, y sobretodo, quiso desafiar las palabras del hombre de la cara seca. Ahora era libre, nadie volvería a decirle lo que tenia que hacer.

Varios metros andó de espaldas, con el corazón en un puño. Y su amigo lo siguió resignado, hasta que se paró de repente. Con el rostro pálido y los ojos desorbitados el niño que quiso correr se detuvo en seco, estaba ahora parado, con las piernas separadas, y haciendo ademán de salir corriendo, mientras gritaba desesperadamente a su amigo que corriese. Éste se paró también y se quedó perplejo ante tal urgencia.

<<¿Qué pasa?>> Preguntó…

<<¡Corre!>> Respondió el otro <<¡Tu corre!>>

<<¿Pero porqué?>> Insistió…

<<¡Detrás de ti, mira detrás de ti!>> Gritó mientras señalaba con el dedo.

El niño que había desafiado la señal giró sobre si mismo y vio algo que nunca pudo comprender.

Algo había en el suelo, muy cerca de sus pies, algo que estaba saliendo de la tierra, era redondo y de color negro. Parecía la cabeza de un misil que estaba despegando, pero no era eso. Aquella cosa atravesaba el suelo sin desplazar la tierra, sin resistencia. El terror se apoderó profundamente del niño y le hizo correr, como nunca antes había corrido, y como nunca mas corrió. Y mientras corría volvió la vista atrás un instante para saber si aquella cosa lo estaba persiguiendo, y vio que era una esfera, que era negra como la noche, y que flotaba en el aire, a varios palmos sobre el suelo de donde había salido.

En poco tiempo recorrieron los dos, sin dejar de correr, todo el camino de vuelta a la granja. Y jadeantes confirmaron lo que cada uno había visto allí. Y recordaron las palabras del hombre de la cara seca.

Esta historia es real y me sucedió hace muchos años, cuando era pequeño, y estaba con el colegio de colonias en una granja-escuela en La Garrotxa.

Yo soy el que camina de espaldas, y aún tengo contacto con mi amigo.

Nunca descubrimos qué era aquella esfera que flotaba en el aire y atravesaba el suelo, nunca la volvimos a ver, pero siempre la hemos llamado “La Bola”.

El Despertar.

•marzo 2, 2008 • 3 comentarios

pesadilla2Alguien llama su nombre. Alguien le llama otra vez y llama de nuevo.

El sueño se torna confuso, la sombra invade su psique, y las primeras gotas de una ardiente demencia florecen en sus ojos. Un estremecimiento recorre su cuerpo, hay algo tras él. La noche calla de repente y el silencio inunda su alma, apuñalando su corazón como una fria daga de hielo.

Se despierta ya consciente del peligro, la muerte ha llamado a su puerta.

Se oye un gruñido, un movimiento furtivo, un peso invisible que se escurre dentro de su cama y que se dirije inevitablemente a su encuentro. Se queda inmóbil, el terror lo paraliza.

<<Hay alguien en mi cama>>

La bestia gruñe excitada tras su cabeza. Puede sentir su aliento, su calor. La criatura se acomoda en su desnuda espalda. Sus delgados y duros brazos se deslizan sobre sus costados apresándolo firmemente. Y comienza a lamerle la nuca.

<<¿Quien es? ¿Qué es?>>

Intenta relajarse, intenta pensar. Aún no se ha movido. Tal vez la criatura no sepa que él está despierto. El coraje acude a su encuentro. Lleva toda la vida preparado para este momento, esperandolo con curiosidad. Un giro repentino tomaría por sorpresa al demonio, y toda su violencia caería sobre él con un golpe demoledor.

Lo intenta, lo intenta con todas sus fuerzas, pero no es capaz de moverse ni un solo centímetro.

La bestia se percata de su esfuerzo por resistirse y gruñe amenazadora. Lo intenta de nuevo, trata de girar sobre si mismo, pero no lo consigue. Trata de golpear el rostro de la criatura con su cabeza, pero no lo consigue. Esta reacciona mordiendo su nuca. Nota que el monstruo no posee mandíbulas, su boca es un simple orificio dentado, blando y húmedo. Las afiladas agujas penetran su carne y llegan hasta las cervicales. Es incapaz de moverse, la presa es ahora mas fuerte. Ha fracasado, y la situación se torna imposible.

Debe romper las cadenas del miedo. Necesita valor. Es un guerrero, no puede rendirse a la muerte tan fácilmente. Piensa. Su espada reposa sedienta sobre la estantería, a escasos centímetros de su cabeza. Si consiguiera liberar sus brazos podría alcanzarla. Tratará de empujar, con todas sus fuerzas. La cama es estrecha y él es grande, si empuja tansolo un poco caerán de espaldas, la bestia dará con su cabeza en el suelo y él, sobre ella, tendrá su ventaja. Coraje.

Acude a su mente una canción, y su voz despierta rompiendo el silencio.

<<Trueno aterrador
las tormentas se ponen en marcha
y el dia del juicio me llama
mi alma ha sido sanada
por el poder del acero
y el sonido de la gloria…>>

Y de esta forma, el orgullo, la ira, el poder y el trueno impulsaron sus músculos. Moviendose lentamente, los dos cuerpos se asomaron unidos al vacío. Él sintió el alivio de la caída como una ola de esperanza, aplastaría violentamente a su adversario contra el frío suelo de piedra. La espada llamaba ansiosa a su dueño desde su inalcanzable reposo.

Pero eso nunca sucedió de ese modo. Sus esperanzas se truncaron al ver que la caída no era violenta sino relajada y tendida. Durante largo rato fueron cayendo livianamente los dos cuerpos, como si de una pluma se tratase, y los pocos centímetros que los separaban del suelo se hicieron eternos. La bestia demoníaca enrroscó sus brazos alrrededor de su cuello y presionó con fiereza.

Llegaron al suelo, y estando al lado de la cama, él extendió el brazo alargando la mano hacia su gladius, que impotente, no pudo ser más que el único testigo de lo que allí sucedió. Sus pulmones expulsaron su último aliento, su corazón dejó de alimentar su cerebro. La criatura siguió estrangulando a su víctima sin piedad, hasta que la penumbra se transformó en tiniebla. No hubo un último recuerdo para él, ningún ser querido apareció en sus pensamientos, ningún momento de su vida fué rememorado, ni siquiera su propio nombre acudió a su memoria. Y supo entonces que la muerte era vacía y completa.

Esta historia es real y me sucedió hace algún tiempo. Es la parálisis del sueño mas compleja que he tenido. Cuando se supone que muero en realidad me quedo dormido, y despierto al cabo de un rato alegrandome de seguir con vida. Pero yo lo viví exactamente como aquí está escrito, excepto por la canción, que en realidad es en inglés.

Manowar – Dawn of Battle.

Aquí podreis encontrar información acerca de la parálisis del sueño.