La Bola.

dark_forest_by_mlappas1El dulce sol de la tarde bañaba las frescas laderas del lugar, pintándolas con un sinfín de tonos verdes y ocres. La hierba de los prados se mecía perezosa al son de la suave brisa primaveral, formando brillantes mareas que acariciaban el oído. Los insectos cantaban su amor con tesón, y las primeras flores del año se abrían a la vida con timidez.

Tras un viejo muro de piedra cruda esperaron escondidos los dos, a que los demás se hubiesen ido. Esa tarde no irían con el rebaño, tenían que escapar para vivir su propia suerte. Lo habían planeado durante semanas, y ahora se presentaba la ocasión de burlar a sus maestros y perderse en el bosque en busca de su destino.

Cuando el grupo hubo desaparecido de la vista, los dos niños salieron de su escondite con cautela. El plan marchaba sobre ruedas, eran libres de ir donde quisieran, nadie podría verlos, se habían quedado solos. Sus corazones latían ahora vigorosos, y la sangre corría alegre por sus venas. La aventura los esperaba con los brazos abiertos.

Abandonaron la seguridad de la granja y tomaron el camino hacia el norte. Caminaron joviales, hasta que se encontraron en el linde del bosque, cuando una sombra oscureció sus corazones. Se sintieron ahora por completo solos. Nadie sabía de su paradero, y nadie se hallaba cerca para encontrarlos. Tenían solo unos ocho o nueve años, y el viejo bosque se alzaba amenazador ante sus ojos. A partir de ahora si tenían hambre nadie les daría de comer, si se ponía a llover pasarían frío, si les ocurría algo malo nadie vendría en su ayuda. Pero a pesar de todo siguieron adelante, eso formaba parte de la aventura, y ellos lo sabían. Cruzaron entonces el humbral y se adentraron en el bosque por el sinuoso sendero.

Al cabo de poco caminar, se toparon con algo totalmente inesperado. Un grueso y largo palo de madera cortaba el paso. La improvisada barrera se apoyaba sobre las ramas de sendos árboles que cual centinelas se erguían silenciosos a ambos lados del camino. Se preguntaron porqué alguien dispondría allí tal instrumento, y qué sentido podría tener. Decidieron llevarse el palo, por razones que cayeron en el olvido, tal vez pensaran que podría servirles de alguna utilidad. Y entre los dos cargaron con él.

Siguieron adelante, pero no mucho tiempo pasó hasta que encontraron una pequeña cabaña a un lado del camino. Hecha de piedra, la casucha ofrecía un aspecto descuidado pero resistente. Debía llevar ahí mucho tiempo, y no se veían señales de actividad reciente. No salía humo de la chimenea, ni había luz alguna en su interior. Pero había alguien mirándolos a través del cristal de una ventana. Se sobrecogieron los dos al ver la cara del hombre que los observaba. Soltaron el palo y se quedaron ahí de pie, dudando entre saludar o esconderse. Pero el habitante del bosque salió de la cabaña y se dirigió a ellos con paso decidido. Estaba furioso.

El hombre tenía el rostro delgado y curtido por los años, y al igual que su casa, tenía un aspecto descuidado pero fuerte. Ordenó secamente a los niños que se sentaran en una roca, al otro lado del camino, y ellos obedecieron temerosos. No podían averiguar cual era la causa exacta de su enfado. Tal vez pensara que eran dos ladronzuelos que querían robar en su casa, tal vez fuera un huraño que odiaba las visitas, o tal vez fuera un loco que secuestraba niños perdidos en el bosque. Ya se esperaban lo peor.

El hombre se quedó de pie frente a ellos, y con los brazos en jarras y el ceño fruncido les dijo…

<<¿Acaso creéis que las cosas existen simplemente por que sí y sin ninguna razón para hacerlo?>>

Ambos se quedaron perplejos ante tal pregunta, ninguno supo contestar.

<<Las cosas siempre están en su sitio por alguna razón, y aunque no la sepamos siempre la hay. ¿Es que no sabéis eso?>>

Aunque no entendían exactamente lo que aquel hombre trataba de decirles, los dos asintieron dándole la razón. Y entonces el hombre habló claro, y les dijo que el palo que portaban lo había colocado él, y que servía para que la vaca de la granja, que andaba suelta, no entrase en el bosque. Entendiéndolo todo ahora, los dos niños se ofrecieron a devolver el objeto a su sitio y a colocarlo debidamente. Se despidieron del hombre de la cara seca y volvieron sobre sus pasos.

Una vez reconstruida la barrera discutieron sobre qué hacer a continuación. El sol había bajado y las sombras se alargaban a su alrededor. Las encinas y los robles los observaban curiosos, ¿Qué pensaban hacer? Si querían encontrar un sitio para pasar la noche debían apremiarse. Al final decidieron seguir por el mismo camino. Pasaron de nuevo por delante de la cabaña del hombre de la cara seca, y se estremecieron una vez mas al ver su inexpresivo rostro, observándolos en silencio detrás la oscura ventana de cristal. Su siniestra mirada nunca se borraría de su memoria.

Pasada la cabaña encontraron un pequeño gallinero, y se detuvieron para ver las gallinas. Los animales parecían ya adormecidos, y reposaban en silencio esperando la caída de la noche. Pero algo llamó la atención de uno de ellos. Había algo totalmente fuera de lugar en el suelo del gallinero, algo que los desconcertó por completo. El niño se agachó e introdujo la mano a través de la rejilla metálica, alcanzando así un diminuto cartel de plástico de color rosa. Pero mas desconcertante fue, aún si cabe, lo que había en él escrito.

Con una gruesa letra de color azul se podían leer las siguientes palabras…

<<VE CORRIENDO ADELANTE>>

El murmullo del bosque se apagó, los pájaros enmudecieron, los insectos callaron, y la brisa dejó de mecer las hojas de los árboles. Ninguno de los dos habló durante esos instantes en los que el único sonido fueron los latidos de sus propios corazones.

Uno de ellos recordó las palabras del hombre de la cara seca. Las cosas siempre están en su sitio por alguna razón, dijo. ¿Cuál era entonces la razón para que ese perturbador cartel de plástico que no medía mas que un dedo de la mano estuviera tirado en el suelo de aquél gallinero? Para el otro niño parecía estar claro, se trataba de una advertencia. El miedo llegó sin avisar, y ambos sonreían nerviosos para disimularlo, mientras discernían cuál debería ser su siguiente paso.

El mas sensato propuso hacer lo que rezaba el cartel, y empezar a correr de inmediato. Pero el otro, muy orgulloso, sintió la necesidad de desafiar sus temores y desoír por completo la advertencia. No se contentó con seguir su camino simplemente andando, sino que comenzó a andar de espaldas. Quiso demostrar que no tenía miedo, quiso desafiar lo absurdo, y sobretodo, quiso desafiar las palabras del hombre de la cara seca. Ahora era libre, nadie volvería a decirle lo que tenia que hacer.

Varios metros andó de espaldas, con el corazón en un puño. Y su amigo lo siguió resignado, hasta que se paró de repente. Con el rostro pálido y los ojos desorbitados el niño que quiso correr se detuvo en seco, estaba ahora parado, con las piernas separadas, y haciendo ademán de salir corriendo, mientras gritaba desesperadamente a su amigo que corriese. Éste se paró también y se quedó perplejo ante tal urgencia.

<<¿Qué pasa?>> Preguntó…

<<¡Corre!>> Respondió el otro <<¡Tu corre!>>

<<¿Pero porqué?>> Insistió…

<<¡Detrás de ti, mira detrás de ti!>> Gritó mientras señalaba con el dedo.

El niño que había desafiado la señal giró sobre si mismo y vio algo que nunca pudo comprender.

Algo había en el suelo, muy cerca de sus pies, algo que estaba saliendo de la tierra, era redondo y de color negro. Parecía la cabeza de un misil que estaba despegando, pero no era eso. Aquella cosa atravesaba el suelo sin desplazar la tierra, sin resistencia. El terror se apoderó profundamente del niño y le hizo correr, como nunca antes había corrido, y como nunca mas corrió. Y mientras corría volvió la vista atrás un instante para saber si aquella cosa lo estaba persiguiendo, y vio que era una esfera, que era negra como la noche, y que flotaba en el aire, a varios palmos sobre el suelo de donde había salido.

En poco tiempo recorrieron los dos, sin dejar de correr, todo el camino de vuelta a la granja. Y jadeantes confirmaron lo que cada uno había visto allí. Y recordaron las palabras del hombre de la cara seca.

Esta historia es real y me sucedió hace muchos años, cuando era pequeño, y estaba con el colegio de colonias en una granja-escuela en La Garrotxa.

Yo soy el que camina de espaldas, y aún tengo contacto con mi amigo.

Nunca descubrimos qué era aquella esfera que flotaba en el aire y atravesaba el suelo, nunca la volvimos a ver, pero siempre la hemos llamado “La Bola”.

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~ por Hexo en marzo 8, 2008.

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