La Muerte de un Elefante en Virgo

•julio 25, 2010 • 1 comentario

Once de la tarde. Esta mañana ha sido una de las más tristes de mi vida, y eso que he vivido muchas mañanas. Llevo en este obsoleto mundo artificial unos doscientos ciclos. Hoy he decidido dejar de vivir.

Mi especie lleva centenares de ciclos examinando el cosmos. Una de nuestras prioridades científicas es el estudio de las formas de vida que existen en el universo. Hasta la fecha, se han identificado bastantes exoplanetas que albergan incipientes ecosistemas, pero ninguno de ellos ha mostrado signos relevantes de inteligencia. Al menos, una inteligencia como nosotros la entendemos, que posea cultura y capacidad tecnológica. Con una distinguida excepción; el exoplaneta R-372. En él existían seres increíblemente similares a nosotros.

El R-372 se encuentra a 65 millones de años luz de distancia, y es un mundo extraordinariamente parecido al nuestro. Tiene enormes océanos de agua rebosantes de vida, y su superficie terrestre está repleta de una infinidad de especies fotosintéticas que conforman la base de la cadena trófica. En él habitan enormes animales que comparten unos ciclos biológicos y unos esquemas estructurales fascinantemente similares a los de nuestra fauna natal: Con simetría bilateral, órganos sensoriales en la parte anterior del cuerpo, dos ojos, una nariz en medio, una boca y un cerebro. Era tal la similitud de aquel lejano mundo, que nuestras leyes de la evolución eran perfectamente compatibles con lo que los exobiólogos podíamos observar en él.

Nuestra IA, que dirige eficientemente el desarrollo de nuestra civilización, y que se encarga de la actualización tecnológica de nuestro equipamiento es, no obstante, incompetente en algunas áreas del intelecto. Dado que trabaja con las mismas leyes que nosotros le hemos proporcionado, no es capaz de comprender ni de hacer predicciones remotamente fiables sobre la caótica variedad biológica que puebla el universo conocido. Eso convierte a la exobiología en el campo más emocionante de la ciencia, y a ello he dedicado mi vida.

Pese a todas las similitudes y analogías existentes con nuestra propia fauna, en todos estos ciclos no he encontrado evidencia alguna de que una inteligencia pueda evolucionar próximamente en R-372. Existen en ese planeta muchos animales parecidos a nuestros ancestros, grandes cuadrúpedos, pero ninguno de ellos ha desarrollado probóscide, ni órgano alguno que les permita interactuar eficientemente con el medio, sin duda la clave evolutiva para el desarrollo de la inteligencia. También existen en ese mundo animales bípedos. Una aberración evolutiva que no termina de encajar. Sin embargo, algunos colegas han sugerido la posibilidad de que ese plan corporal pueda permitir la adaptación de los miembros anteriores hacia unas funciones similares a las de nuestra trompa. Un divertido disparate, que sería de curiosa consideración si no fuera porque toda evidencia va en su contra. Entre esos animales existe la tendencia general de transformar sus apéndices libres en alas. Curioso, pero inútil. De todos modos, ¿qué más da todo esto? Se ha detectado un asteroide que va a colisionar inminentemente con R-372. Todo su interés se extinguirá, y yo no estaré aquí para verlo.

Este relato lo escribí expresamente para el primer certamen de relatos cortos de La Ciencia y sus Demonios, donde quedó como primer finalista.

Tristeza.

•septiembre 22, 2009 • Dejar un comentario

tristeza

Tendido en medio de la oscuridad de mi soledad, aprieto los párpados para poder descansar. Y sin darme apenas cuenta un creciente calor se apodera de mi pecho. Una vieja compañera que ha venido a visitarme; la tristeza.

Se adueña de mi corazón y de mis sesos como una marea negra, desvocada e imparable. Me absorve y me consume como un fuego abrasador. Me quema el alma.

Por una siniestra ventana, perdida en lo más profundo de mis pensamientos, se asoman los seres que alguna vez amé y admiré. Burlándose de mí y de mis patéticos sentimientos.

Mi familia me aborrece, mis amigos me odian, mis vecinos me temen.

Todo lo que he podido amar lo he perdido. Todo cuanto admiro me desprecia. Todo a lo que me acerco me rehúye.

Soy el portador de lo más horrendo, de lo más oscuro, de lo más despreciable. Un infrahumano condenado a vagar solitario por las tinieblas infinitas.

Vivo en el infierno al que me he condenado por mis actos, por mis pensamientos, por mis palabras, por mis preguntas, por mi orgullo, por mi vergüenza, por mis frustraciones, por mi impotencia, por mi dolor, por mis ilusiones, por mis alegrías, por mis temores, por mis pasiones, por mi amor, y por mi tristeza. Soy despreciable y temible a la vez. Soy un monstruo, un perturbado, un condenado, soy un problema, una amenaza, una maldición.

Todo esto soy sin ti.

La Biozoona.

•agosto 11, 2009 • Dejar un comentario

Hoy estreno nuevo blog. La Biozoona.

La BioZoona

La Cucaracha.

•mayo 23, 2009 • 10 comentarios

cucaracha2

Henry Johnson nunca asistió al nacimiento de ninguno de sus tres hijos, siempre dio gracias a Dios por no haberlo hecho.

El primero de ellos fue varón. Un niño fuerte, alegre y travieso. Luego vino una niña preciosa, de rubios cabellos y sonrisa angelical. Pero lo que ocurrió con el tercero jamás lo hubiese imaginado, ni en sus peores pesadillas.

Cuando Henry llegó al hospital fue recibido calurosamente por su cuñado Albert, el hermano de su mujer, quien le felicitó por el nacimiento de su tercer hijo. Le dijo que el parto había ido bien, que el bebé era niño y que su hermana estaba perfectamente.

Entró en la habitación y vio a su mujer en la cama, estaba radiante. Pero lo que tenía entre sus brazos le provocaría un shock del que jamás llegaría a recuperarse.  Aquello no era un bebé, ni siquiera era humano. Lo que su mujer sujetaba cariñosamente entre sus brazos era una cucaracha. Una cucaracha enorme. Una cucaracha de tres kilos.

Henry cayó de rodillas y vomitó al instante. Sus suegros acudieron de inmediato para asistirle. Lo llevaron a los aseos, y llamaron a una enfermera para que limpiase el suelo de la habitación. Una vez recuperado el aliento, Henry les preguntó si se trataba de algún tipo broma pesada, pero sus suegros, perplejos, no entendieron a qué se refería el hombre. Para ellos todo había salido a pedir de boca y el bebé se encontraba perfectamente sano.

Se lavó la cara con agua fresca, se secó con la manga de la americana y volvió decidido a la habitación, seguro de que los nervios le habían jugado una mala pasada.

Pero cuando entró, otra vez volvió a ver a aquella horrible cucaracha. Estaba mamando del pecho de su mujer. El repugnante insecto se aferraba fuertemente al seno desnudo de su madre, con las seis patitas, y sus asquerosas antenas, largas como un día sin pan, se movían frenéticamente sobre la rosada piel de Martha, mientras un hilo de la blanca leche materna se derramaba sobre el reluciente caparazón.

Henry se desmayó.

Cuando recobró el conocimiento estaba sentado en una silla de ruedas, y una enfermera le tomaba el pulso. Él la agarró del brazo y le dijo que su hijo era una cucaracha. La enfermera, indignada, le reprendió por hablar así de su pobre hijo. Y a ella se le sumaron sus suegros y su cuñado.

¿Es que no se daban cuenta de que aquello no era un bebé? ¡Era una asquerosa cucaracha gigante!

Ben, su suegro, un hombre hecho y derecho por el que siempre había sentido un gran respeto e incluso admiración, le puso la mano en el hombro y le pidió que se calmara, que tuviera paciencia y que pensara que no todas las personas son iguales. Le dijo que hay que ser más tolerantes, que su hijo tal vez era algo peculiar, pero que hay que aceptar a las personas tal y como son. Le dijo que Dios los había bendecido con un tercer nieto, fuerte y sano, y que debería de estar orgulloso.

Para Henry, nada de eso tenía sentido alguno. Se habían vuelto todos locos. Su hijo era una cucaracha, y él era el único que parecía haberse dado cuenta de ello.

Pasaron los días, semanas, meses y años. Y la cucaracha, que ahora se llamaba Michael, creció y creció hasta convertirse en un magnífico monstruo de ochenta kilos. Henry experimentó lo que realmente significaba la palabra soledad. Durante años vivió aislado en sus pensamientos, al margen del resto del mundo. Al principio pensaba que todo era una broma, que no podía ser. Luego se dio cuenta de que la gente estaba realmente chiflada.

Se preguntaba cómo podía ser que todo el mundo tratase a ese bicho como si fuera una persona. Tenía seis patas, tenía antenas que se movían de un lado a otro, tanteando el suelo como un par de gusanos hambrientos. Se arrastraba sobre su vientre, comía en el suelo y no hablaba. Era una cucaracha gigante y a nadie parecía importarle.

Trató de demostrarle a su mujer que Michael no era humano, que era un insecto. Pero sus argumentos solo le costaron dolorosas discusiones. Cada vez que insinuaba algo sobre el tema, Martha montaba en cólera y defendía a su hijo a capa y espada. Henry pasó entonces a ser la oveja negra de la familia; un padre que no quería a su hijo, un hijo de puta intolerante, un nazi.

A nadie le importaba que Michael fuera de aquella manera. Nadie se horrorizó cuando lo encontraron, a los ocho años, en el suelo de la cocina dando buena cuenta del cadáver de su viejo perro Arnold. Y nadie sospechó cuando desapareció el hamster de su hermana. Michael tuvo una vida bastante normal. Había fotos de su primera comunión en el salón de su casa. En el colegio le aprobaban las asignaturas, pese a que ni siquiera podía escribir. Jugaba a fútbol con sus amigos. Incluso se sacó novia a los dieciséis años.

A Henry se le caía el alma al suelo cada vez que veía a aquella dulce adolescente de cabellos cobrizos subir por las escaleras, detrás de la podrida cucaracha, para meterse en su habitación durante horas. Se removía en su sillón preguntándose qué hacían tanto rato allí encerrados. Una preciosidad de chica, con la carita salpicada de graciosas pecas, metida ahí dentro con un bicho repugnante que ni siquiera hablaba. Henry se imaginó al enorme artrópodo tendido entre las delgadas piernas de la joven, agitando su blando abdomen con lujuria. Insoportable.

Desde entonces Henry bebió todos los días, cada vez más. Se convirtió en un zombie. Y un día lo echaron del trabajo por agredir a un cliente.

Totalmente desquiciado, Henry se recluyó en su habitación durante días. Su mujer, Martha, intentó hacerle salir por las buenas, hasta que amenazó con el divorcio.

El pobre Henry ya había tenido suficiente. Decidió poner fin a su vida y a su sufrimiento. Desde hacía ya muchos años vivía en la más profunda de las soledades, y nunca llegó a acostumbrarse.

Acudió al botiquín y cogió de él un frasco de relajantes musculares. Se lo tomó entero. Aquello debería ser suficiente. Se estiró en el suelo del lavabo y aguardó la muerte.

Pasados  unos minutos, Henry abrió los ojos. Seguía aún vivo, en el suelo del lavabo. Se sobrecogió al ver a la cucaracha, que estaba a sus pies, justamente delante suyo, mirándole directamente a los ojos. Intentó levantarse, pero no podía moverse, estaba paralizado.

Entonces la cucaracha empezó a comerse su carne. Él no sentía absolutamente nada de dolor, solamente un pequeño hormigueo, mientras el gigantesco insecto le devoraba los pies, royéndole los huesos y tendones con sus negras fauces. Henry vio cómo se le comía las piernas, y cómo se daba un festín con sus tripas.

Podría haber gritado, e intentar así salvarse de tan horrendo final. Pero ya nada importaba. En lugar de eso, Henry cerró los ojos y rezó por su alma. Cuando los volvió a abrir, la cucaracha ya se estaba comiendo su cara.

Este es un relato de invención propia que se me ocurrió un día en el metro, hace ya muchos años. Se lo dedico a mi amigo Luah, quien me dijo que le recordaba a La Metamorfosis de Kafka, que por cierto ya he leído.

Fracaso.

•mayo 2, 2009 • 3 comentarios

stress1

Los límites del hombre pueden ser muy decepcionantes. Descubriendo una realidad entre tantas, una realidad que se nos hace dura de tragar, atisbando nuestros propios horizontes. Y de ésa forma sepultando sueños inalcanzables, metas imposibles y delirantes ilusiones.

Las limitaciones físicas de las personas suelen ser las más frustrantes en un principio. Siendo niños medimos nuestras fuerzas casi a diario, practicando deportes y jugando sin parar. Permanecemos prácticamente todo el día en movimiento. Y es entonces cuando nos hacemos por primera vez conscientes de nuestras propias limitaciones. Llegado el momento sabremos si somos rápidos o lentos, si somos fuertes o débiles, si somos torpes o habilidosos.

Poco después, la gran mayoría de nosotros, tristemente descubrimos hasta dónde llega nuestra inteligencia. En el transcurso de nuestra formación podemos engañarnos, o dejarnos engañar, con la idea de que nuestra inteligencia va más allá de los resultados académicos. Es decir, que nos aferramos a la teoría de que existen personas sumamente inteligentes , como es nuestro caso, pero que por cualquier excusa no rinden lo que cabría esperar. Sea porque nos da pereza hacer los deberes, porque preferimos jugar y ver la tele todo el dia, porque es nuestra la decisión de dibujar en el cuaderno en lugar de atender en clase, porque los profesores nos tienen manía, o porque tenemos problemas en casa que nos perturban. Vaya, que nos creemos diamantes en bruto. Y hasta cierto punto eso puede ocurrir, hasta cierto punto no muy lejano de las evidencias, porque una persona realmente inteligente no tiene en la práctica tantas dificultades para sacarse las notas.

También podemos creer que nuestro verdadero potencial está siendo injustamente ignorado. Podemos pensar que tenemos un gran talento para la música, pero nuestros padres y tutores no han sabido sacarle partido. Es decir que nunca nos han comprado un buen instrumento musical, o no nos han pagado las clases particulares necesarias para desarrollar nuestro arte. Y es posible que eso suceda, pero hasta cierto punto, cierto punto no muy lejano de las evidencias, porque un verdadero genio de la música no necesita ni de un buen instrumento, ni de clases particulares para destacar. Un auténtico genio se basta con una mínima oportunidad de expresión para conquistar los oídos del mundo. Lo que necesitamos a esas edades es simplemente sentirnos especiales. Y es pasada la adolescencia cuando nos damos cuenta de que no lo somos, de que estamos fracasando.

Estamos influenciados por relatos de ficción, cuyos personajes son a menudo mucho más de lo que parecen. Eso se puede observar con frecuencia en los dibujos animados, donde el protagonista muestra su autentico potencial en las situaciones críticas, venciendo a rivales que supuestamente son mucho mas poderosos. Pero en la vida real eso no ocurre, y llega el dia en el que lo descubrimos. A cierta edad nos damos cuenta de que no tenemos ningún don especial, de que no hay nada místico en nosotros, y eso nos puede generar una gran frustración.

También podemos pensar que en otros campos seremos mejores, nuestra imaginación no es tan limitada por lo menos. Tal vez en un trabajo sencillo podamos ir escalando peldaños con ambición, como en las películas. Pasando de ser el chico de los recados a ser el capo de la mafia. Algo que, si bien no es imposible, es muy improbable. La vida no es una película, y nosotros no somos los protagonistas, no existe un papel hecho para nosotros, el universo en realidad no conspira para que consigamos nuestros deseos. Una vez alcanzada la madurez poco o nada resta ya de esas ilusiones.

Todo esto es solo una de las razones por las que existe el gaming. Nosotros, los gamers, somos la verdadera esencia de Peter Pan. Somos lo que la gente común no se atreve ni a soñar. Fracasados en la vida, refugiados en nuestros sueños.

Pero incluso a nosotros nos sucede lo mismo. Tenemos límites, unos límites muy visibles, ya que competimos unos contra otros constantemente, y resulta sorprendente cuan cortos pueden llegar a ser esos límites.

Podemos entrenar para mejorar. Pero inevitablemente siempre llegamos a nuestro límite, tarde o temprano. Y cuando eso sucede, lo aceptamos con resignación. Lo más chocante de ello es poder ver el límite de otras personas, verlos estrellarse una y otra vez contra el mismo muro invisible. Algo que nosotros comprendemos como algo sencillo puede resultar para otros una barrera infranqueable. Como si fueran tortugas panza arriba cociendose al sol, incapaces de darse la vuelta. Y nos damos cuenta así, de que lo mismo pasa a nuestro ridículo nivel, comprendiendo entonces que, nuestras propias limitaciones son igual de evidentes y absurdas a los ojos de otros.

Esta entrada se la dedico a mi amigo Sefal, que fué testigo del momento en el cual me inspiré para escribirla y que además es un gran sociólogo.

Prometo que pronto volveré a escribir sobre las aventuras del niño rata, a ver si mantengo el nivel…

El Museo.

•abril 21, 2009 • Dejar un comentario

Hacía poco que me había leído Jurassic Park, pese a tenerlo en la estantería acumulando polvo desde que salió la película. Y me había entrado el gusanillo “Paleofreak”. Así que comencé a engullir todo tipo de información relacionada con la prehistoria. Desenterré mi vieja Enciclopedia Ilustrada de los Dinosaurios, me bajé todas las series de la BBC, caminando entre dinosaurios, caminando entre las bestias y caminando entre cavernícolas. Asalté la Wikipedia sediento de conocimiento, y cuando al fin me sacié, pasé al siguiente nivel. Sentí la necesidad de ver con mis propios ojos esos fósiles de los que tanto se ha escrito, la necesidad de conocer esos míticos restos.

Tenía que encontrar un museo de dinosaurios, uno como los de las películas, con huesos a punta pala y reconstrucciones espectaculares. Pero ¿dónde podía encontrar yo un museo de tales características? Nunca en la vida había visto algo de ese nivel. Como mucho un par de vitrinas con cuatro piedras en forma de concha, o unas presuntas herramientas del paleolítico. Nada de bestias feroces ni gigantes dinosaurios.

Me puse a husmear en Google, y al final decidí preguntar en un foro sobre paleontología. Me recomendaron un museo, uno que estaba bastante cerca de mi casa y que desconocía completamente. El Museo Geológico del Seminario de Barcelona. Y allá fui, pobre incauto, sin saber dónde me metía, sin saber el terror que me esperaba.

El imponente edificio que se erguía ante mi era una construcción singular que ya tenía vista. En pleno centro de Barcelona, se distinguía por poseer un pequeño jardín y una verja de entrada, algo poco común en esa zona. Me había llamado la atención tiempo atrás cuando me saqué el título de Auxiliar de Clínica Veterinaria en una academia a tan solo una manzana de distancia. Pero nunca reparé en que aquello fuera un museo.

Bajo el arco de la entrada principal un solitario centinela saboreaba un cigarrillo. Típico conserje español, hombrecillo de tez morena y camisa azul. Le pregunté cómo se llegaba al museo y me dijo que sólo había un camino posible, y que estaba indicado, así que ya lo encontraría.

El edificio era antiguo, de paredes muy gruesas y altísimos techos. Subí por una escalinata enorme de piedra blanca con un confortable pasamanos de madera barnizada. Me encontré caminando en la penumbra. No había ninguna lámpara, y la única fuente de luz que tenía era la escasa luminosidad que se colaba por la entrada, que a cada paso quedaba más lejana. En el piso de arriba me aguardaba una gigantesca puerta de madera oscura, estaba entreabierta, invitándome a cruzarla, o tal vez a dar media vuelta. De indicaciones nada, pero por lo que parecía sólo había un camino, y estaba decidido a llegar al final. Atravesé la misteriosa puerta y me quedé de piedra.

claustro

Ante mí se extendía un solemne claustro. El sol de invierno no se bastaba para iluminar todo lo que allí se hallaba, y las sombras se adueñaban de los rincones, ofreciendo refugio a los misterios que allí se ocultaban. Arcos, capiteles, columnas, y puertas. El silencio era absoluto. Ni una luz artificial, ni un rastro de vida humana. Me encontraba en un primer piso y podía ver desde mi posición las copas de los árboles que crecían en el patio interior, aparentemente los únicos habitantes de aquel extraño lugar.

A mi derecha, al final del sombrío corredor vislumbré un pequeño cartel en el que se veía escrita la palabra “Museo”. Pero allí no había nadie, ni una recepción, ni un visitante, ningún indicio de actividad, nada. Si aquello era un museo no lo parecía en absoluto. Por mi mente pasó la posibilidad de haberme confundido con los horarios, pero el tipo de la entrada no me advirtió de que aquello estuviese cerrado ni nada por el estilo. Según se indicaba, ésa era la entrada, una puerta parecida a las que tienen en las aulas en las escuelas, y como en ellas había una ventanilla de cristal en la parte superior, por la que se podía divisar el interior de la sala a la que daba acceso. Me asomé para mirar. Estaba a oscuras. ¿Se suponía que eso era un museo? Se podían distinguir montones de vitrinas llenas de cositas. Estaba claro que mis ojos contemplaban lo que debía de ser el museo, pero nunca hubiese imaginado encontrármelo de ese modo.

En aquel momento de duda desearía haberme dado la vuelta y volver por donde había venido. Desearía no haber sido tan temerario. Porque sólo cinco minutos mas tarde estaría arrepintiéndome como un condenado de no haber marchado, cuando tuve la oportunidad, de aquel oscuro lugar en el que nunca, nunca jamás debí haberme aventurado. Pero de no haber entrado por esa maldita puerta ahora no estaría relatando esta historia.

Encontré un interruptor cerca de la entrada y encendí las luces. Los fluorescentes parpadearon, desperezándose como osos polares al ocaso del invierno ártico.

Contemplé entonces la sala. Estaba repleta de muebles de madera con ventanillas de cristal. Y en el centro una gran vitrina exponía unos enormes huesos.

Alcé la voz para anunciar mi presencia – ¿Hola? ¿Hay alguien? – Y al fin encontré las primeras señales de vida. Por una puerta al otro lado de la sala apareció un hombre muy anciano vistiendo una bata blanca de científico. Me miró sorprendido, como si fuera el primer ser humano que veía en años, o siglos.

Hola, buenas tardes – Le dije – Venía a visitar el museo. ¿Está abierto?

Me miró fijamente con unos enormes ojos azules cristalinos, y tras un instante habló.

¿Viene a visitar el museo? Sí, está abierto. – No sabía porqué, pero en aquel momento sentí una gran desesperanza al oír esas palabras.

Pensé que estaría cerrado ya que la luz estaba apagada y no veía a nadie por aquí – Dije sonriendo nerviosamente.

¿Es geólogo? – Me preguntó de golpe.

No, no soy geólogo, – Respondí – sólo soy un aficionado a la paleontología, bueno, de hecho estoy estudiando biología. – Aquello me había pillado por sorpresa.

Me preguntó en qué universidad estudiaba, me preguntó dónde vivía, me preguntó muchas cosas, escribió mi nombre en un cuaderno y cuando pareció haber terminado el interrogatorio me condujo hacia una pared llena de mapas y retratos. La visita guiada había comenzado. ¿Pero qué estaba pasando? Yo sólo quería ir a un museo normal y corriente con personas mirando fósiles y pasear por ahí tranquilamente sin que nadie me interrogase ni me dijera dónde tenía que mirar. Pero eso no iba a ser posible.

Aquel hombre se volcó de inmediato en la visita, hablaba muy pausadamente, y me miraba a la cara después de cada frase, como comprobando mi reacción a sus palabras. Por cortesía tuve yo entonces que forzar una sonrisa permanente para disimular el desconcierto absoluto en el que me veía sumido en aquellos momentos. Y mientras me hablaba sobre unos fascinantes mapas geológicos, un nuevo personaje entró en escena. Desde la puerta por donde había salido aquel señor se escuchó una voz.

¿Quién es? ¿Es geólogo? – Inquirió. Un hombre de muy avanzada edad también.

No – Le contestó el otro. – Dice que estudia biología.

¿Biología? ¿Y para qué viene aquí? – Eso digo yo, quien me manda a mi venir aquí. Maldita sea la hora en que entré en ese foro.

Ha venido a visitar el museo. – Le contestó alzando la voz mientras seguía mirándome y devolviéndome la sonrisa.

¿El museo? – Exclamó – Si le interesa la biología podría ir a otros sitios, no sé porqué ha de venir aquí. – Dijo malhumorado. – ¿Biología? – Siguió refunfuñando cosas inteligibles mientras andaba agitado por la sala haciendo ver que buscaba algo. Hasta que en algún momento, tal como vino se fue.

El primero cambió de tema y me habló sobre la fundación y la historia del museo. Me mostró unos óleos en los que se representaba a unos señores vestidos como… vestidos como ¿Curas? Entonces reparé en que allí también había una imagen de la virgen, y un cristo. – ¡La virgen! – Pensé. Entonces comencé a relacionarlo todo. Un edificio antiguo sin luz artificial, un claustro como los de los monasterios, coleccionistas de piedras hostiles hacia la biología, retratos de curas, imágenes religiosas… ¿Dónde me he metido?

Sus palabras se perdieron entonces en el tiempo, y su estéril discurso se estrelló contra mi hipócrita expresión facial, causándome el mismo efecto que el sedante zumbido de un motor fuera borda. Así me quedé, ensimismado, encerrado en mi propia cabeza, discutiendo conmigo mismo, maldiciéndome por haber sido tan estúpido. Hasta que llegó la pregunta clave, la guinda del pastel, el broche de oro.

¿Has leído la Biblia? – Me preguntó. Y aquellos ojos cristalinos de azul intenso me taladraron el cerebro provocándome un escalofrío.

Miré hacia la puerta por la que había entrado, la única salida. Fantaseé por un instante con el dulce sueño de la libertad. Salir corriendo sin mirar atrás. Pero eso sería tremendamente irrespetuoso y maleducado. Lamentablemente yo no soy capaz de tal hazaña. Así que me limité a contestar la pregunta y a hacer frente a lo que viniese después.

Sí, bueno, más o menos, hace mucho tiempo. – Conseguí decir.

Dentro de La Biblia se encuentran diversos libros. – Me dijo con una enigmática sonrisa. – El primero de ellos es El Génesis, donde se explica la creación del mundo en siete días. – Me volvió a clavar la mirada, como para evaluar mi reacción a sus palabras. Y dudo que fuera ya en esos momentos capaz de controlar una evidente mueca de perplejidad total.

Pero el anciano prosiguió. – Bien, pues al parecer fueron algo más de siete días, o por lo menos así lo evidencian todos estos fósiles. – Vaya, un rebelde. Al parecer no iba a tener que asentir y tragarme toda La Biblia entera. Eso le quitaba algo de tensión al asunto. Por primera vez sonreí sinceramente.

Después de ese instante de complicidad procedió a mostrarme la colección de fósiles. Menos mal, pensé, ya había pasado la peor parte. Ahora vería las malditas piedras por las que había pasado por todo aquello y me iría a casa a contárselo a alguien. Pobre infeliz, la visita no había hecho más que empezar.

El buen hombre me guiaba de fósil en fósil con gran decisión. La encorvada figura blanca recorría la sala lentamente, y a cada parada un nuevo desafío. Hablaba con suma dificultad, hacía muchas pausas para tomar aire. Yo comencé a sufrir por su salud. Aquel señor estaba haciendo un gran esfuerzo. Me hacía saber la datación de cada fósil, a qué período pertenecía, me nombraba la especie, y a menudo se entretenía hablando sobre la familia, el orden o el género en el que se incluía.

Llegó un momento en el que dejé de entender lo que decía, como si hubiese comenzado a hablar en otro idioma. No se si por lo mucho que le costaba vocalizar o porque realmente se puso a hablar en latín. A veces hacía pausas tan largas que parecía haberse quedado dormido. Supongo que estaría haciendo esfuerzos por recordar cosas. Se quedaba extasiado, mirando al vacío con la boca entreabierta. Parecía que en cualquier momento se le fuera a caer la mandíbula al suelo.

La colección era realmente extensa. Entre los fósiles que me presentó llamaron especialmente mi atención un esqueleto completo de dinosaurio, un mastodonte bastante grande y un impresionante diente de megalodón.

Y así llegamos al final de la ruta. Me apeé pues de ese autobús sin ruedas en la última estación. Le pagué los dos euros de la visita guiada y tres más de propina. Le di las gracias y me despedí de él.

Cuando ya me iba, de vuelta por el oscuro claustro, volví la cabeza para mirar atrás, y de nuevo lo vi. Allí seguía aquel hombrecillo encorvado, mirándome con aquellos enormes ojos cristalinos y con aquella enigmática sonrisa. Adiós.

Esta historia es verídica, aunque en realidad no fui solo al museo, me acompañó un amigo que flipó tanto como yo.

Está especialmente dedicada a El PaleoFreak y a todos los asiduos de su blog.

Noche de lluvia (segunda parte).

•marzo 22, 2008 • 4 comentarios

calle1

Las luces se fueron tornando tenues a sus espaldas, y en tanto avanzaban la lluvia enfurecía. Abandonaron los suburbios, dejaron atrás una pequeña zona industrial desolada, y llegaron a las afueras de la ciudad. Avanzaron como espectros en la noche, sin compartir palabra alguna, hasta que arribaron al río, donde la niña se detuvo.

¿Donde vamos? – Preguntó la pequeña con marcada preocupación en la voz.

Vamos a mi casa – repuso Malcolm, haciendo un esfuerzo por vocalizar. Y al ver que la niña no retomaba la marcha añadió – Esta lloviendo mucho, es mejor esperar allí hasta que pare.

Un bravo torrente surcaba la cuenca en otrora vacía de la riera, llevando consigo el polvo y la mugre que el diluvio arrancaba de las calles. Y sobre aquellas negras aguas reposaba dormido un antiguo puente de piedra abandonado. La modesta construcción había caído en desuso tras la obra del nuevo viaducto, mucho más grande y moderno, que fue colocado al norte, hacía ya una década. Desde entonces el niño rata usaba el puente como refugio habitual, y hacia allá se encaminaron.

Descendieron por una resbaladiza pendiente de barro, y se metieron bajo el puente. A un lado de éste había un oscuro agujero de algo más de un metro de alto, y se encontraba totalmente fuera del alcance de las aguas que por allí bajaban. Malcolm indicó a la niña que lo siguiera al interior de la cueva, y los dos se metieron dentro agachando la cabeza.

El túnel estaba totalmente a oscuras y era profundo, anduvieron un rato, siguiendo las paredes con el tacto, hasta que llegaron a una especie de estancia con el techo algo más alto.

No veo nada – protestó la niña. – ¿Es que no tienes luz?

Malcolm la miró, la veía perfectamente, pero al parecer ella no veía nada. Estaba con la espalda apoyada en la pared, alargando los brazos, tratando de escrutar las tinieblas. Sus ojos bailaban sin encontrar nada más que oscuridad. Ni siquiera sabía donde estaba él. Su pequeña invitada se encontraba tan indefensa que podría alimentarse de ella incluso sin tener que matarla primero. Malcolm se excitó, y comenzó a fantasear con lo que podría hacerle. Podría arrancarle fácilmente la cara de un zarpazo, o agarrarla de los tobillos y tirarla al suelo para que su cabeza se rompiese contra la piedra. También podría acercarse a ella lentamente, sin hacer sonido alguno, y desgarrarle el cuello de un mordisco…

Tengo miedo – Confesó la niña – ¿Dónde estas? No te vayas, no me dejes sola que no veo nada.

Estoy aquí – Dijo el vampiro. Delante de ti.

La niña alargó la mano y lo cogió del brazo. Malcolm notó su calor, le sintió el pulso, podía oír el fuerte latir de su joven corazón, y se imaginó la sangre corriendo por sus venas, roja, veloz, viva…

Tengo frío y estoy cansada, vayámonos de aquí por favor, este sitio no me gusta. – Dijo la niña.

Esta es mi casa – Repuso Malcolm.

Pues es horrible – Contestó ella. – No hay luz, ni ventanas ¡Ni siquiera hay puerta!

Malcolm se quedó anonadado, esa niña estaba criticando su casa, y lo peor es que él no encontraba argumento alguno para rebatirla. Tal vez si dominase mejor el lenguaje podría intentarlo, pero las palabras de la niña se le clavaron en la cabeza como estacas. No hay luz, ni ventanas, y ni si quiera hay puerta. Tenía razón, aquella niña tenía razón. Pero eso no quería decir que estuviese en lo cierto respecto a si debían ir a otro lugar, y lo cierto era que a Malcolm le gustaba su casa.

A mi me gusta mi casa. – Dijo lentamente el niño rata – Aquí no entra la lluvia ni entra el sol, y la gente no sabe donde está. – Añadió.

Yo creo que las personas no viven en sitios como este, parece la guarida de un animal, ¿Es que duermes en el suelo como un animal? – Inquirió la niña.

Malcolm no supo qué contestar, se sintió acorralado por la razón, y empezó a mover la cabeza compulsivamente de un lado a otro, como buscando una respuesta, una salida.

Tengo frío – Insistió la pequeña.

Malcolm la volvió a mirar como si fuera la primera vez que la veía. Estaba tiritando de nuevo.

Puedes dormir aquí, hay un sofá. Tengo una manta, la puedes usar si quieres. – Resolvió el pequeño vampiro.

Ella se mostró de acuerdo, y aguardó a que Malcolm hubiese regresado con la manta.

La estancia no era muy grande, pero en ella había un sofá de tres plazas, una cajonera, un pequeño armario, y un cráneo humano como único elemento decorativo. El suelo estaba cubierto de diversas prendas de ropa que Malcolm tomaba de sus víctimas.

La niña se acurrucó en el mugriento sofá, y se tapó con la manta. Él se quedo delante suyo, de cuclillas, observándola con curiosidad. Nunca nadie había entrado allí con vida, aquella era su primera invitada. Las acciones del niño rata normalmente estaban guiadas por instintos, y muy rara vez por razonamientos. Pero lo más raro es que la decisión de ayudar a esa niña en lugar de tratarla como una presa fácil tampoco estaba siendo premeditado. Su instinto simplemente le estaba llevando por ese camino.

Pasaron de ese modo unos minutos en silencio. La pequeña invitada había cerrado los ojos, parecía dormida, pero para su sorpresa no lo estaba.

¿Cómo te llamas? – Preguntó de repente la niña.

¿Yo? Malcolm – Contestó el vampiro. – me llamo Malcolm, ese es mi nombre.

Yo me llamo Amy, y tengo ocho años. ¿Cuántos años tienes Malcolm?

No lo sé. – Respondió éste. Y de verdad que no lo sabía, aunque por sus proporciones se le podrían deducir unos catorce años – Nunca los he contado – Añadió. Y sintió una extraña sensación al escuchar la risa de la niña.

Al poco rato Amy cayó en un profundo sueño, y Malcolm permaneció observándola durante el resto de la noche.

Este es un relato de ficción basado en un personaje de ficción creado por mí hace ya unos cuantos años.